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1ro de agosto de 2021 Twitter Faceboock

Ideas de Izquierda
Tradiciones: diez rebeliones obreras por las horas de trabajo y el tiempo libre
Lucho Aguilar | @lukoaguilar

Ilustración: Ludmilem

De la primera huelga gráfica a la rebelión de las fosforeras, de los albañiles del ‘36 a las gestas del Sitrac y Astarsa, del subte a les pibes de Rappi. Diez postales de la lucha de clases por la jornada laboral que se transformaron en banderas.

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Carlos Marx dijo una vez que “la fijación de una jornada laboral normal es el producto de una guerra civil prolongada y más o menos encubierta entre la clase capitalista y la clase obrera”. El 1.° de Mayo de 1886 fue uno de los episodios fundamentales de esa pelea. Los disparos policiales dejaron los “mártires de Chicago”; la clase obrera internacional los transformó en bandera. En nuestro país la conquista de la jornada legal de las 8 horas no fue “gratis”. Costó décadas de héroes y mártires. Quienes pelearon por las 6 horas en sus gremios, que los hubo, también los tuvieron.

Pasaron muchos años. El capitalismo se desarrolló y extendió en el planeta. Se crearon máquinas y tecnologías que podrían liberar progresivamente a la humanidad de la esclavitud asalariada. Sin embargo, para aumentar sus ganancias o descargar sus crisis, esa batalla por el tiempo estalló una y mil veces. Mientras millones trabajan hasta el agotamiento, otros tantos sobreviven en la precariedad y el desempleo. Por eso, vale repasar algunas de aquellas historias que pueden inspirar nuestras luchas del presente.

1. Nada saldrá de aquí

Hombres, niños también. Las manos entintadas, los rostros agotados. Como contaba un cronista esos días, “con tales rebajas y aumentos de trabajo, la vida de esos obreros se hizo imposible; pero, ¿a quién quejarse? ¿Declararse en huelga? ¿Cómo se hace eso?”. Los tipógrafos respondían las preguntas: el 2 de septiembre de 1878 iniciaban la primera huelga que se recuerde. El motor fundamental era la reducción de la jornada laboral y duraría un mes.

Los dueños de los diarios intentaron contratar tipógrafos uruguayos. El sindicato oriental les envió un telegrama que aplaudía la huelga y rechazaba la oferta: “nada saldrá de aquí”. La primera huelga sería, entonces, internacionalista. Porque además era encabezada por un inmigrante francés, Hipólito Gautier, que había llegado al país escapando de las masacres desatadas tras la heroica Comuna de París.

Mucho antes de las revueltas de Chicago, la primera huelga en nuestro país triunfaría, consiguiendo aumento de salarios y jornada de 10 horas.

2. Las 8 horas

“No se mueven nuestros hermanos para obtener pingües aumentos en los salarios, sino en demanda de que las horas de producción no sean más que ocho”. Así comenzaba el llamado a movilizarse el 1.° de Mayo de 1890 en Argentina. Eran parte del movimiento internacional inspirado en los mártires de Chicago. La asamblea elegía un Comité Internacional Obrero (CIO) organizaba el acto y elevaba al Congreso Nacional un petitorio que incluía “jornada de ocho horas para todos los adultos, prohibición del trabajo de los menores de catorce años, abolición del trabajo nocturno, prohibición del trabajo insalubre de la mujer, descanso no interrumpido de treinta y seis horas”.

Los actos fueron masivos, pero el petitorio quedaría en la mesa de entradas del Congreso. Por eso las huelgas venideras tomarían como una de sus banderas centrales las 8 horas. En 1895, los yeseros fueron los primeros en conquistar las 8 horas. En 1896 los ferroviarios iban a la huelga 120 días por la “implementación de la jornada de 8 horas sin reducción en el jornal”. Era la primera acción que mostraba quiénes movían el país y quiénes podían paralizarlo.

3. Paso a la mujer trabajadora

Las mujeres y sus hijas no paran de mover sus pequeñas manos mientras miran la cámara. Aunque en los inicios del movimiento obrero la mayoría eran hombres, pronto se extendía el trabajo de las mujeres en muchas industrias y servicios. Contaba el médico Bialet Massé: “no eran pocas las mujeres que cargaban con el sostén de la familia; de aquí que acepten resignadas que se pague su trabajo de manera que sobrepasa la explotación”.

Pero esa bronca no se quedaría en la resignación. En 1888 estallaba la “huelga de domésticas”. Más tarde las telefónicas, cigarreras, zapateras, costureras y tejedoras. En 1906 la huelga de las Compañía General de Fósforos; 1300 fosforeras conmovían primero Barracas, después Avellaneda hasta llegar a Entre Ríos. Reclamaban aumento de salarios, contra las jornadas interminables de 12 a 15 horas y el daño que causaban en sus ojos y pulmones las emanaciones. Decenas de sindicatos se solidarizaban con una lucha que duró casi 5 meses, con la detención de varias huelguistas y una multitudinaria marcha para liberarlas.

Ya nada sería igual. Poco tiempo después fundaban su sindicato.

4. A las barricadas

Los rostros desafiantes de obreros, otra vez hombres y niños, detrás de las barricadas. “No pasarán”, se habían jurado. La Razón le ponía título al paisaje. “La ciudad bajo el imperio de la Huelga General”. Es que la rebelión de los obreros de los Talleres Vasena, en enero de 1919, se había contagiado a todo el país. Reclamaban “jornada laboral de 8 horas, descanso dominical y pago de horas extras, abolición del trabajo a destajo y reincorporación de activistas gremiales”.

Los dueños de la Argentina se resistían a conceder las 8 horas. La huelga de Vasena era una prueba de esa “guerra civil” que decía Marx: así lo tomaría la burguesía; la clase obrera también. Durante varios días se sucederían movilizaciones y combates. Las bandas armadas de los empresarios y los 10.000 soldados y policías de Yrigoyen aplastarían la huelga tras cientos de muertos, en lo que se conocería como “la Semana Trágica”. Las “fuerzas del orden” también tendrían sus bajas. Solo algunos de los reclamos serían concedidos.

Serian años de duras luchas, desde la Patagonia rebelde a La Forestal. Muchas tendrían como una de sus banderas la reducción de la jornada laboral. La jornada legal de 8 horas (48 semanales), fue presentada en 1906 pero recién se aprobaría en el Congreso el 12 de septiembre de 1929. Yrigoyen había masacrado muchas huelgas en su primer gobierno, pero necesitaba el apoyo de las clases medias y sectores de trabajadores para sostenerse. Un año después, con los primeros coletazos de la crisis económica mundial, los militares se lo sacaban de encima con el golpe de 1930.

5. Huelga general

En una calle porteña, un grupo de jóvenes levanta los brazos rodeando su trofeo de guerra. Son los restos de un tranvía que no quiso acogerse a las reglas de la huelga general que los obreros de la construcción comenzaron en enero de 1936.

Los gobiernos de la década infame querían cobrarle la crisis económica a los de siempre. No era fácil. Los portuarios habían iniciado la década con una huelga contra los despidos, las largas jornadas y los magros salarios. Tenían una propuesta sencilla: “dos turnos diarios con una jornada de 6 horas evitarían la desocupación y permitirían el ingreso de nuevos trabajadores”. ¿Les suena?

Pero era la huelga de la construcción la que sacudía el país burgués. Los días previos a la revuelta, un volante pasaba de mano en mano en las obras: “¿Es que la vida de un obrero vale menos que una bolsa de cemento?”, decía. Allí relataba que “las obras son verdaderos mataderos humanos en todos los sentidos: bajos salario, brutales jornadas pese a la existencia de la ley de las 8 horas”.

Ayer como hoy. Estaba la ley y estaba la trampa. Con una impresionante solidaridad de otros gremios, la formación de un fondo de huelga que permitía que “los hijos de los obreros comieran mejor que en sus casas” y acciones radicales, la huelga conseguiría parte de sus reivindicaciones, entre ellas el aumento salarial, la jornada de ocho horas, comisiones internas por obra y el reconocimiento de la Federación.

6. Del Congreso de la productividad a la huelga petrolera

El General Perón intentaría fundar una nueva etapa en la historia del movimiento obrero. A cambio de otorgar concesiones por las que venía luchando, el peronismo buscaría subordinar a los sindicatos al Estado y a los trabajadores y trabajadoras a las cúpulas gremiales. “Conciliar el trabajo y el capital”. Por eso, quienes quieren ir “más lejos”, tienen que enfrentarse con el general. Los reclamos de los obreros del calzado para trabajar 7 horas, los telefónicos 6 y los azucareros 8, son aplastados.

Para encarar su primera crisis económica, que arranca en 1949, decide ajustar las tuercas. Poco después lanza el Congreso de la Productividad. Las patronales logran un avance en los convenios que se firman en 1954: aparecen cláusulas de flexibilización horaria, jornadas de trabajo que se miden en “promedio semanal” y artículos que permiten a la patronal imponer horas extras.

Los golpes “gorilas” de 1955 y 1966 fueron mucho más allá, obviamente. La decisión de Onganía de atacar las 6 horas que tenían los petroleros desató la huelga del SUPE Ensenada. El 20 de septiembre de 1968, una asamblea de 3.800 afiliados mandata al cuerpo de delegados a un paro por tiempo indeterminado si se imponían las 8 horas. Se forma un comité de huelga entre los tres sindicatos intervinientes (Destilería, Flota y Taller Naval). A los 5 días comienza un conflicto que duraría dos meses. Miles de trabajadores, con sus familias y organizaciones solidarias, enfrentan al gobierno militar. Para sortear la persecución forman un comité de huelga clandestino y para garantizar la medida crean comités de autodefensa. Buscan la solidaridad de las otras seccionales, pero la Federación busca aislarlos y en parte lo logra. Aun así, una semana antes del fin del conflicto, entran al turno solo 141 carneros de 7.000 obreros. La dictadura despide a cientos de activistas que tardan años en reincorporarse, pero quedará en la historia como una de las huelgas más grandes y combativas en defensa de la jornada de trabajo y un preludio del ascenso que iniciaría el Cordobazo.

7. Los 70: ¿quién manda en las fábricas?

Desde finales de los años 60, Argentina era parte de un ascenso obrero que recorría otros países y, entre otras cosas, cuestionaba el poder del capital en la fábrica. La horas de trabajo fueron, otra vez, uno de los detonantes. El dictador Onganía imponía la semana de 48 horas en todo el país. Para los obreros cordobeses, ese ataque al “sábado inglés” y las 44 semanales fue un desafío intolerable. El 29 de mayo de 1969, los grandes batallones de la clase trabajadora, junto a la juventud, iniciaban huelgas y combates que conmovían la provincia y el país. El Cordobazo iniciaba la cuenta regresiva de esa dictadura y abría el mismo tiempo una nueva etapa en la lucha de clases.

“Basta de muertes obreras” dice un cartel. “Empezó la lucha”, avisa otro. Los sostienen obreros de los Astilleros Astarsa. Los obreros de Astarsa, con duras huelgas que incluían la toma de rehenes, conseguían la reducción de la jornada de 12 horas a 6 horas y el control obrero de las condiciones de seguridad e higiene.

La clase obrera, a la ofensiva, quería recuperar derechos pero también conquistar una vida que merezca ser vivida. Como contaba Gregorio Flores, dirigente del sindicato clasista Sitrac (Córdoba), “con dirigentes vendidos, Fiat había logrado imponer ritmos de producción asfixiantes, trabajos insalubres, premios a la asistencia de modo que los obreros iban a trabajar enfermos. Tomando todo eso, era más fácil explicar el ordenamiento social donde nosotros vivíamos era injusto y si los obreros nos concientizábamos y organizábamos, era posible, luchando, construir una sociedad mucho más justa y humana”.

Durante las huelgas de junio y julio de 1975, la coordinadora metalúrgica de La Matanza planteaba, como primer punto: “en los casos de merma de la producción, mantener el pago completo de los jornales, sin suspensiones ni despidos, repartiendo el trabajo entre la totalidad del personal”. La radicalización obrera ponía en cuestión no solo el poder del capital en las fábricas, sino del peronismo sobre los sindicatos y el gobierno.

8. Un Golpe a las conquistas obreras

Carros, caballos, soldados armados. Así amanecían muchas fábricas el 24 de marzo de 1976. Entre las primeras medidas de la Junta Militar estaba el ataque a las conquistas obreras. Esta vez, la “guerra civil por la duración de la jornada” era a sangre y fuego. Se aumentaba de 6 a 8 horas diarias en telefónicos; en petroleros aumentaba una hora y se derogaba la insalubridad, también entre los mineros y trabajadores del subte; los choferes de colectivo volvían a trabajar “a destajo” y se eliminaba el descanso por vuelta; los albañiles perdían el derecho al descanso sábado a la tarde, domingos y feriados; se extendía la jornada de bancarios y empleados de comercio.

Pero aun golpeada, la clase obrera también mostraba fenómenos de resistencia. Ante la decisión de los interventores de Segba de extender la jornada laboral de 32 a 42 horas semanales, los activistas de Luz y Fuerza creaban nuevos métodos para luchar en esas condiciones. Con el “trabajo a tristeza”, por sus compañeros presos o desaparecidos, afectando el servicio eléctrico. La acción anima a más de 5.000 trabajadores que se movilizan al Sindicato intervenido.

9. Debajo del asfalto están las 6 horas

Abril de 2004. Silencio en el subsuelo de Buenos Aires. No hay silbatos, no hay sirena, no corren las formaciones. Hace 4 días los trabajadores del subte paran para que les devuelvan definitivamente las 6 horas de trabajo.

Claudio Dellecarbonara resume la historia: “En 1944 se dictamina el régimen de insalubridad y la jornada de 6 horas en el subte, pero distintos gobiernos fueron atacando esa conquista. La dictadura y el menemismo impusieron las 8 horas. A fines del 98 retomamos nuestra pelea, en paralelo a la recuperación del Cuerpo de Delegados. En ese momento la desocupación crecía y algunos decíamos que la reducción de la jornada podía ser una bandera de la clase obrera para enfrentar la desocupación. Tras una serie de acciones que culminan en un paro de 4 días en el 2004, conseguimos las 6 horas para todos, pero no el régimen de insalubridad. Nuestro ejemplo demuestra que se puede pelear y lograr la reducción de la jornada laboral sin reducción de salario”.

10. Trabajar todos, trabajar menos: retomemos esas tradiciones

2021. Una piba con la mochila de Pedidos Ya descansa un minuto y vuelve a pedalear. Si quiere estar en el “ranking 1” para elegir turno y cobrar más, tendrá que repartir durante 52 horas esta semana. Con las 40 que hizo la anterior apenas cobró 7.000 pesos. No alcanza. Según el Ministerio de Trabajo, el 50 % de la juventud de las apps trabaja más de 9 horas por día y un 70 % lo hace 7 días a la semana. Pero los funcionarios se limitan a estudiar la realidad.

Una enfermera de un hospital porteño mira la cámara de La Izquierda Diario y denuncia: “No llego a 50.000 pesos, trabajo más de 14 hs diarias haciendo horas extras en los ‘módulos’ o corriendo entre tres laburos. ¿Para qué me aplauden?”. Junto a ella marcha un tercerizado de Ema. Lo echaron por pedir que lo encuadren en el convenio eléctrico. Quiere tener jornadas de 6 o 7 horas como los efectivos de Edesur, pero trabaja a destajo 10 o 12 horas entre cables de alta tensión.

Pasó mucho tiempo, muchas batallas, muchos mártires. Pero el mismo problema sigue ahí. A pesar de los avances de la ciencia y la técnica, el capitalismo sigue lanzando al hambre y la desocupación a millones, mientras otra parte de la humanidad trabaja hasta el agotamiento. En Argentina, según la OIT (Organización Internacional del Trabajo), las mujeres trabajan en promedio 32 horas en empleos remunerados (además dedican tanto a más tiempo a tareas de cuidado que no cobran). Los hombres 42 horas.

De fondo resuenan aquellas voces: “¿Es que nuestra vida vale menos que una bolsa de cemento?”, “¡Dos turnos de 6 horas evitarían la desocupación!”. Ayer y hoy la misma respuesta. Como dice la campaña de Nicolás del Caño, Myriam Bregman y cientos de candidatos y candidatas obreras del Frente de Izquierda Unidad: reducir la jornada, repartir las horas para trabajar menos y trabajar todos, con un salario que cubra la canasta familiar.

Para eso hay que retomar esas tradiciones obreras. La que se forjó en cada una de estas batallas para rescatar parte del tiempo que los capitalistas nos roban cada día. Tiempo para disfrutar del descanso, la cultura, la vida social; el ocio productivo como decía Marx. Como ellos, queremos “una sociedad mucho más justa y humana”. Una sociedad que solo podrá emerger cuando terminemos con la barbarie capitalista.

Ilustración: Ludmilem
Ilustración: Ludmilem

 
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