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La Izquierda Diario
8 de diciembre de 2019 Twitter Faceboock

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA
Reflexiones sobre la “guerra comercial”, la economía mundial y sus derivaciones latinoamericanas
Paula Bach

Fotomontaje: Juan Atacho

Creciente conflicto chino-norteamericano: ¿causa o consecuencia de la crisis económica mundial? Sobre los verdaderos fundamentos que subyacen a la “guerra comercial”. Qué hay de la tregua y en qué medida podría revertir las tendencias de la economía. Fin de ciclo, tensiones chino-estadounidenses y lucha de clases en América Latina. Una polémica con Jorge Castro.

Parte de los conceptos desarrollados en este artículo están expresados en mi reciente intervención en una charla-debate en la Facultad de Ciencias Económicas en la que compartí panel con Ariel Slipak y Guido Lapa, titulada “Guerra comercial e implicancias en América Latina”.

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“Guerra comercial”: ¿causa de la crisis económica mundial?

En un artículo de hace un par de semanas, el columnista de Clarín, Jorge Castro, afirmaba: “el acuerdo Trump/Xi Jinping termina con la crisis global”. Lo que más interesa resaltar de esta afirmación es la idea −bastante extendida, por cierto− de que la crisis global es la consecuencia del incremento de las tensiones entre Estados Unidos y China o de la llamada “guerra comercial”. Pero en realidad, las cosas son al revés: la crisis global es la causa y no la consecuencia de la creciente conflictividad chino-estadounidense. Borrar la crisis estructural y el semiestancamiento que el capitalismo arrastra desde el inicio de la recuperación pos estallido 2008/9 y colocar a Trump como una especie de demonio responsable del mal manejo de la relación con China es la clave de una operación −de la que el FMI es parte− que busca borrar la debilidad estructural de la economía mundial que lleva más de una década.

Pero tanto el propio Trump como las tensiones acrecentadas chino-estadounidenses, representan un subproducto de la debilidad de la economía global pos 2008/9 que en términos económicos estructurales se manifiesta fundamentalmente a través de cuatro variables. La primera, la debilidad del crecimiento de la economía mundial, la segunda, la debilidad de la inversión, la tercera, el débil crecimiento del comercio mundial y la cuarta, la debilidad del crecimiento de la productividad del trabajo. La debilidad de la inversión, en tanto motor impulsor de la economía, representa el emergente que más preocupa al conjunto del mainstream. Aunque sus causas resultan materia de discusión, todo indica que la imposibilidad de generar un nuevo “boom” como el de las “punto com” en los ‘90 o el inmobiliario en los 2000, se encuentra asociada a la ausencia de espacio en términos literales y figurados para nuevas inversiones lo suficientemente lucrativas. Sin lugar para desarrollar este tema aquí, vale la pena recordar que el economista norteamericano Alvin Hansen distinguía entre las “pequeñas recuperaciones” que emergen como consecuencia de la necesidad de reemplazo del capital y “una recuperación completa” que requiere un gran desembolso de capital en nuevas inversiones que a su vez exige el desarrollo de nuevas industrias y nuevas técnicas. La tasa futura de beneficios −o de ganancia, en términos marxistas− para nuevas inversiones constituía el principio activo y dominante para estos dos tipos de recuperaciones. Existe sobrada evidencia que hace suponer que −a pesar de los extraordinarios avances en el terreno tecnológico y la extendida propaganda sobre el advenimiento de una “cuarta revolución industrial”− la dinámica de “una recuperación completa” basada en una “adecuada” tasa de ganancia futura, es lo que está fallando en la actualidad. Y, como señalaremos unos renglones más abajo, las complicaciones en la relación chino-estadounidense, parecen tener mucho que ver con esto.

Para dar cuenta de la relación causal entre la crisis global y las tensiones chino-estadounidenses, es preciso señalar que el período pos 2008/9 posee, a pesar del denominador común de la debilidad económica general y sus múltiples episodios internos, dos ciclos marcadamente diferentes. El primero de ellos es el que se desarrolló entre el inicio de la recuperación en el año 2010 hasta aproximadamente los años 2013/4. El segundo, el que se extiende desde esos años hasta la actualidad. Ese segundo ciclo tuvo por origen el menor crecimiento de la economía China −conjuntamente con el inicio de la intención estadounidense de elevar las tasas de interés. Precisamente los dos elementos que habían impulsado la aún débil recuperación económica. Este segundo ciclo marcó un punto de inflexión que coincide con el ascenso de Xi Jinping al poder y el fortalecimiento del nacionalismo chino.

Ahora bien ¿qué explica la menor fortaleza de la economía china? La propia debilidad de la economía mundial −y la de Estados Unidos en particular− emerge como un elemento significativo que le impide a China sostener su ritmo de crecimiento centrado en el “esquema exportador”. Esquema que, recordemos, mantenía la relación simbiótica con Estados Unidos particularmente fortalecida desde la entrada de China a la OMC en el año 2001. Esta contradicción es la que impulsa a China hacia un complejo y tortuoso giro al mercado interno, hacia una complicada y contradictoria política de liberalización del yuan, así como hacia la necesidad de acelerar el cambio en el contenido de su producción y la de competir más agresivamente por los espacios mundiales de acumulación de capital −o exportación de capitales− y áreas de influencia. Se inscriben aquí la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y la llamada Ruta de la Seda.

Esta situación implica el inicio de la crisis de la complementariedad chino-estadounidense mediante la cual una producción masiva y con relativamente bajo valor agregado se exporta desde China a Estados Unidos −en gran parte desde empresas de origen estadounidenses− ayudando a la vez a sostener los crecientes déficits de Estados Unidos. Si bien se trata de un proceso largo y complejo que ya venía resquebrajándose por la propia pujanza china −y que está lejos de haberse roto por completo− aquellos años 2013/14 parecen mostrar una significativa línea de quiebre. Los elementos críticos que resquebrajaban esta relación se aceleraron y es aquí donde emerge con claridad la agudización de las tensiones entre ambos países. Y, justamente China que en décadas anteriores −y en especial a partir del 2001− se había presentado como uno de los motores fundamentales del crecimiento de la inversión, comienza a emerger ahora como parte del problema. De colocar a disposición del capital internacional amplias fuentes de plusvalía absoluta −garantizando una alta tasa de rentabilidad interna y externa− comenzó a convertirse progresivamente en competidor por los espacios mundiales de inversión y por el liderazgo en tecnología de punta con una producción cada vez más competitiva con la estadounidense. Una cuestión que conduce a interrogarse por un segundo aspecto.

Una guerra ¿comercial?

¿Es verdaderamente el comercio el fundamento del creciente conflicto chino-norteamericano? Todo hace pensar que no. En realidad aquello que aparece como una guerra de tarifas comerciales no tiene por verdadero fundamento el comercio aunque por supuesto está alterando sustancialmente los flujos comerciales. Pero ¿qué función cumple entonces el mecanismo comercial? Esencialmente dos.

En primer lugar, los aranceles actúan como un “mecanismo de presión” con doble objetivo. Se persigue por un lado frenar la carrera china en el desarrollo de nuevas tecnologías y en la expansión de sus propias empresas y capitales que la posicionan como un competidor global cada vez más peligroso tanto en términos económicos como geopolíticos y por el otro, mejorar las condiciones de entrada de las transnacionales norteamericanas en China. Una de las demandas claves en este último aspecto es que China deje de exigir la cesión de patentes a las empresas extranjeras que invierten en su territorio −una especie de peaje que China cobra desde hace años a cambio de la plusvalía cedida. Con respecto al lugar de las nuevas tecnologías es preciso anotar varios aspectos. Por dar algunos ejemplos, vale la pena señalar que China no solo es el segundo productor mundial de teléfonos celulares, sino que está más avanzada que EE. UU. en tecnología 5G −la base para el desarrollo de la Internet de las cosas−, además de estar trabajando para lograr un desarrollo masivo de microchips −punto fuerte por ahora de Estados Unidos− y poseer un lugar predominante, tal vez menos conocido, en un área tan clave como la genética. Un detalle aquí para pensar la relación entre tecnología y geopolítica: si Estados Unidos lanzó pomposamente el mapa completo del genoma humano en el año 2000 y luego Corea del Sur hizo pública la capacidad de producir todo tipo de células a partir de células madre de embriones humanos en el año 2004, hoy el avance más importante en genómica consiste en un método de avanzada que supera la ingeniería genética tradicional y China es el país que está liderando estos ensayos. China posee además el mayor centro de secuenciamiento de ADN y es el principal clonador de cerdos del mundo.

En segundo lugar, los aranceles constituyen un “mecanismo de propaganda” −bastante infantil y cada vez menos creíble− de Trump hacia su base electoral en la medida en que sugiere que tanto las empresas que dejen de comprar en China como las que eventualmente se retiren de su territorio, van a dirigir tanto sus adquisiciones como sus inversiones hacia territorio estadounidense. Dos sucesos que volverían a generar el empleo perdido durante las últimas décadas.

Existen elementos bastante categóricos que muestran el doble rol del aspecto comercial como mecanismo de presión por un lado y de propaganda, por el otro. El primero de ellos es que en los últimos ocho meses y a pesar del aumento de los aranceles, el déficit comercial de Estados Unidos −argumento central esgrimido Trump para la “guerra comercial”− continuó creciendo. Por un lado se incrementó con la propia China, debido a que las compras chinas a Estados Unidos cayeron más que las compras estadounidenses a China y por el otro, el déficit creció también con el resto del mundo porque lo que las empresas estadounidenses dejan de comprar en China no lo compran en Estados Unidos sino en otros orígenes como México, Taiwán, Vietnam e incluso la Unión Europea. El segundo es que si bien existen divergencias respecto de la cantidad de empresas norteamericanas que aceptaron retirarse de China −hay quienes dicen que son muy pocas− las que efectivamente se fueron, tampoco volvieron a Estados Unidos sino que se instalaron en México, India, Vietnam, Bangladesh, entre otros destinos. Dicho sea de paso, esta relocalización de capitales es parte de un proceso previo a la “guerra comercial”, originado en la tendencia al aumento de los salarios chinos verificada a lo largo de los últimos años.

Pero el destino de las compras y los capitales no parece conmover mucho a Trump quien no tuvo empacho en su momento en declarar que de ser necesario los capitales al menos se fueran de China a producir en otros países, lo que muestra que ni el retorno “a casa” ni el déficit comercial, están entre sus verdaderas preocupaciones. El objeto de la “guerra comercial” es detener el avance de China y mejorar las condiciones de entrada o de permanencia de las propias empresas norteamericanas. Cuestión que vuelve sobre la idea de China se está convirtiendo de tabla de salvación del capital norteamericano en competidor por los espacios mundiales de acumulación. Una mutación que sucede en momentos en que las empresas norteamericanas −y esto es clave− aún poseen grandes inversiones allí, gozan de relativamente pocas posibilidades de reemplazo y carecen de proyecto alternativo.

¿Tregua y recuperación de la economía mundial?

Por último, interesa retomar la discusión sobre las perspectivas del momento actual y el contrapunto con Jorge Castro. Durante este año la economía mundial sufrió una fuerte desaceleración que se expresó tanto en una de las tasas de crecimiento del PBI mundial más bajas de la década, como en una abrupta caída de la actividad manufacturera (no así del sector servicios), una caída del crecimiento del comercio global, la inversión de la curva de rendimientos de corto y largo plazo en Estados Unidos así como anuncios de posible cercanía de una recesión. Lo notable, sin embargo, es que los pronósticos de desaceleración de la economía mundial eran previos al inicio de la “guerra comercial”. En realidad ya en 2017 −un año de repunte económico que se produjo como subproducto de un 2016 casi recesivo y las rebajas impositivas de Trump− el FMI y la OCDE ya pronosticaban el inicio de una desaceleración para 2019 y 2020. Sin duda, otro elemento para considerar que el conflicto comercial contribuyó a intensificar los tiempos de la desaceleración pero no constituye su causa.

Ahora bien, la situación crítica de la economía y las tendencias a la desaceleración en Estados Unidos en particular, junto con el hecho de que 2020 es un año electoral en el que Trump buscará desesperadamente la reelección −teniendo en cuenta, además, la erosión que significa el proceso abierto de impeachment−, constituyen factores que podrían crear condiciones para una tregua comercial más sólida y duradera que los fallidos intentos anteriores. Esta posibilidad sumada a las medidas de estímulos monetarios del BCE y las políticas de reducción de tasas de interés de la Reserva Federal norteamericana, generaron nuevas “expectativas” en los mal llamados “mercados” −un eufemismo para no nombrar a las élites económico/financieras− y hay quienes plantean que podríamos estar frente a una reversión leve de las tendencias críticas de la coyuntura.

En la ya mencionada nota y magnificando estos últimos elementos, Castro insistía sobre todo en un dato ya trillado: los 11 billones de dólares que entre 2017, 2018 y los 6 primeros meses de 2019, retornaron a EE. UU. como subproducto de las rebajas impositivas. Pero el mismo Castro reconoce que dos tercios de esos 11 billones fueron a Wall Street, por lo que ahí no hay inversión real además de que se está recreando una burbuja cada vez mayor −la bolsa ronda otra vez máximos− acelerando el riesgo de un nuevo estallido financiero. Sin embargo Castro alude, sin datos para exhibir, al “fenomenal boom de inversiones en maquinarias y bienes de equipo” que supuestamente se habría puesto de manifiesto “en el primer año posterior al nuevo régimen impositivo”. A decir verdad, el dato que hay que observar para verificar la evolución de nuevas inversiones es la inversión privada fija neta no residencial que se incrementó muy levemente durante 2017 y 2018, sin siquiera acercarse a revertir la tendencia del período. En base a datos de BEA (Boureax of Economic Analysis) se observa que mientras en el largo lapso 1987-2007 esta inversión mostró un ya bajo incremento promedio anual del 3,21 % como porcentaje del PBI estadounidense, se incrementó apenas un 2,39 % como promedio de los últimos 9 años, incluyendo los mejores resultados de 2017 y 2018. A decir verdad, más allá de que las rebajas impositivas de Trump evidentemente incrementaron las ganancias de las corporaciones, metieron presión sobre la bolsa y estimularon el consumo, el recurso se encuentra en proceso de agotamiento y no emergen elementos que den la pauta de una recuperación estructural de la economía norteamericana. Ni el FMI ni el periodismo más optimista −que señalan leves tendencias a la recuperación global desde octubre secundadas por serios riesgos de que las cosas se salgan de control− llegan a expresar siquiera el 10 % del optimismo atemporal de Jorge Castro.

Por otra parte, Donald Trump acaba de lanzar una nueva ronda de ataques twitteros anunciando su decisión de reimponer aranceles al acero y al aluminio provenientes de Brasil y Argentina. También amenazó con imponer aranceles sobre productos franceses y españoles en el contexto de las cumbres de la OTAN y Climática. Tampoco se privó de sugerir que el acuerdo con China podría patearse para después de las elecciones presidenciales de 2020. Aunque existen múltiples especulaciones sobre los motivos que están detrás de estos diversos ataques, es evidente que la negociación en curso de la “fase 1” del acuerdo con China −que incluye evitar nuevas tarifas, eliminar algunas preexistentes e incrementar compras chinas en Estados Unidos− es el escenario que les da lugar. Si bien resulta probable que esta fase culmine en un acuerdo precario y provisorio, no puede descartarse que Trump −apurado por su demagogia electoral− de algún paso en falso que complique sustancialmente el escenario.

En este contexto, en el mejor de los casos y si como señalamos la esencia de la crisis internacional no es la llamada “guerra comercial” que tampoco es comercial por sus fundamentos, resulta bastante evidente que una eventual “tregua comercial” como mucho podrá poner un freno coyuntural a la desaceleración y a lo sumo dar lugar a algún nivel débil de reanimamiento. Pero distaría mucho, no obstante, de terminar con los factores estructurales de la crisis global y, por tanto, de dar por finalizado el conflicto chino-estadounidense que en esencia es económico, tecnológico, político y militar y que seguramente delineará el contexto de las próximas décadas.

Repercusiones latinoamericanas

Es preciso tener en cuenta que el mismo punto de inflexión que aceleró las causas de la confrontación chino-estadounidense dio lugar al inicio del fin de la bonanza relativa que entre 2010 y 2013/4 favoreció a muchas economías latinoamericanas. La caída de los precios de las materias primas asociada a la combinación del menor crecimiento chino y las políticas de Estados Unidos tendientes a elevar las tasas de interés, dieron lugar a un categórico fin de ciclo en América Latina.

Brasil, Argentina, Venezuela, resultaron las víctimas más directas y evidentes con sendos procesos recesivos aunque de distinta magnitud. Los casos de Chile, Colombia o Bolivia, por nombrar los más candentes, son distintos y allí la crisis no actúa en forma directa aunque sí lo hace de manera indirecta. A diferencia de Ecuador con una economía en estado crítico y bajo la férrea presión del FMI, hay que notar que en ninguno de los países donde se desataron procesos profundos de lucha de clases −Chile y Colombia− o un golpe de estado que generó una dura resistencia −Bolivia−, prima la catástrofe económica. Sí se verifican tendencias a la desaceleración y pérdida de expectativas en sociedades que durante años sufrieron un creciente nivel de desigualdad −exceptuando a Bolivia− paralelo al crecimiento económico e incluso con disminución de la “pobreza” definida en los miserables términos del Banco Mundial.

Todo este fenómeno en su conjunto, incluyendo desde un salto en el estancamiento económico en el que confluyen “centro” y “periferia” hasta las mayores tensiones chino-estadounidenses que se expresan en múltiples terrenos −entre ellos la pelea por áreas de influencia tanto para la exportación de capitales y mercancías como por fuentes de materias primas, entre las que se encuentra el litio− está actuando en el trasfondo de la convulsiva situación latinoamericana. Pero de ahora en más, tanto un mayor estancamiento económico con eventuales tendencias recesivas como la competencia chino-estadounidense agudizada, se enfrentan a procesos álgidos de la lucha de clases −una oleada mundial y latinoamericana más extendida y potencialmente más profunda que aquella de la “Primavera Árabe”− de cuya evolución va a depender muy particularmente la situación de la economía capitalista en el período próximo. Es por ello que nuestro compromiso en estos fenómenos, incluyendo la necesidad de la intervención de la clase trabajadora como actor central, así como la construcción de partidos revolucionarios donde sea posible, se vuelve la tarea del momento en un proceso del que recién estamos viendo los primeros episodios.

 
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