SUPLEMENTO

Mariátegui: ¿cosmopolita, nacional-popular o cambiamos la pregunta?

Juan Dal Maso

Mariátegui
Ilustración: @flaviagregorutti

Mariátegui: ¿cosmopolita, nacional-popular o cambiamos la pregunta?

Juan Dal Maso

Recibimos con mucho interés la publicación de la Antología de Mariátegui preparada por Martín Bergel. En una reseña publicada en este mismo semanario le dedicamos un comentario que rescata el libro como tal, ya que es un aporte para que las nuevas generaciones se introduzcan en la obra de un destacado marxista del siglo XX. De ahí que la reciente polémica en Jacobin Latinoamérica respecto de este libro y del enfoque propuesto por Bergel, con el artículo de Omar Acha, “El Mariátegui de Martín Bergel” y el de Martín Cortés, “¿Universal o nacional-popular? ¡Sí por favor!”, nos interesen también.

Aquí no pretendemos agotar el tema, ni presentar una supuesta síntesis superadora de ambas posiciones, sino indagar un poco más en los posibles alcances y límites de las lecturas “socialista cosmopolita” y “nacional-popular”, de modo tal que sirva como una invitación a seguir leyendo y discutiendo a Mariátegui, sumando algunos elementos al debate.

Antes de pasar a nuestros propios comentarios, presentaremos un resumen de las contribuciones de Acha y Cortés.

Omar Acha rescata el enfoque de Martín Bergel, que propone leer a Mariátegui como un “socialista cosmopolita” como forma de salir al cruce de las interpretaciones que pretendieron relacionar al marxista peruano con una política de apoyo a los nacionalismos burgueses o los populismos latinoamericanos, con su retórica de cambios progresistas en base al control del poder del Estado y sin romper con el capitalismo, cuestión que en su momento también valoramos positivamente respecto de la lectura que propone Martín Bergel. Acha aclara que “... no sostengo que la estrategia reformista sea necesariamente injustificable en un debate político actual”, ya que según su mirada, la posición reformista “ha sido y perdura como un aspecto de la historia de la izquierda, y hay que decirlo, sus argumentos son útiles para neutralizar los revolucionarismos utópicos”. Pero insiste en que la obra de Mariátegui no tiene relación con ese tipo de lecturas, salvo que se fuercen o desconozcan sus posiciones:

Lo que digo es que el legado de Mariátegui puede ser ajustado a las preferencias reformistas solo a través de una inclemente violencia simbólica: la que somete un pensamiento desplegado en una era de deseos extremos a las demandas perentorias de las políticas posrevolucionarias del reformismo nacional-estatal (¿por qué hacer de Mariátegui un benjaminiano muñeco ajedrecista en cuyo interior se oculta un pequeño y ventrílocuo Haya de la Torre?). En contraste con esa actitud, Martín Bergel acompaña la honestidad historiográfica de quien fue tal vez su mayor maestro, el filósofo Oscar Terán [...] Así como he apuntado la violencia interpretativa con que en ciertos casos Mariátegui ha sido leído en estos lustros de estrategia reformista y nacionalista en América Latina, debo decir que Martín Bergel no es solo un historiador deseoso de reconstruir un pasado tal como fue. También él pondera trazos en los que se perciben las costuras de una faena interpretativa. Su apuesta consiste en comprender a Mariátegui en el seno de un “socialismo cosmopolita”.

Por su parte, la respuesta de Martín Cortés ensaya una defensa de las lecturas “nacional-populares” de Mariátegui, tratando de hacer hincapié en que universalismo o cosmopolitismo y reconocimiento de las especificidades nacionales no son dos prácticas excluyentes. Cortés señala que la lectura “nacional-popular”, apoyándose especialmente en José Aricó, piensa a Mariátegui no como un particularista sino como alguien que aborda los problemas internacionales desde una perspectiva situada, y en ello radicaría la potencia de su marxismo. Junto con esto, Cortés señala los problemas que puede implicar el tipo de universalismo que Bergel presenta en su estudio preliminar de la Antología, y afirma que la categoría del cosmopolitismo, tomada de estudios académicos, se presenta en reemplazo del internacionalismo pero al precio de perder el carácter complejo y muchas veces discontinuo entre la realidad internacional y la nacional:

Hay dos elementos clave del estudio preliminar donde el cosmopolitismo parece revelar su sentido, esto es, el modo específico de comprender lo universal que implica: por un lado, las referencias al problema que aparecen en el Manifiesto de Marx y Engels, donde se sostiene que la dominación burguesa en el mundo da un carácter cosmopolita a la producción, al consumo y, en un sentido convergente, a los productos intelectuales que en virtud del mismo proceso expansivo y global del capital, superan las limitaciones de lo nacional y lo local; de allí la celebrada figura de la “literatura mundial”. El otro momento, más decisivo aun, es aquel en el que, celebrando la capacidad de Mariátegui de tomar todos los temas (el surrealismo y el socialismo en Japón, entre ellos), se señala que “actúa como si el mundo fuera un espacio liso y sin estrías ni jerarquías culturales, como si fuera lo mismo escribir desde París que desde Lima”.

Y más adelante señala las que a su entender son las fortalezas de las lecturas “nacional-populares” por sobre la del “socialismo cosmopolita”.

Ahora bien, es muy discutible que se pueda sostener, como tesis de Marx, la figura de un mundo liso, carente de heterogeneidad interna. Pero no se trata de hacer filología marxiana tampoco. De lo que se trata es de preguntarnos si no son precisamente las lecturas de Marx sindicadas como “nacional-populares” las que basan toda su potencia en subrayar el carácter discontinuo de la universalidad propuesta por Marx. En ese caso, no se trataría de reivindicar un Mariátegui “particularista” frente a uno “cosmopolita”, sino de sugerir que la atención a lo particular (es decir, a la nación), no es otra cosa que un modo de ser universal, y esto es así porque se asume que el modo en el cual el capitalismo bate su marcha universalista no es alisando el mundo, sino produciendo diferencias, heterogeneidades y, sobre todo, asimetrías internas, conectadas e interdependientes entre sí.

En síntesis, para Cortés, las lecturas “nacional-populares” de Mariátegui no desconocen su dimensión internacionalista, pero destacan una cuestión fundamental para comprender la realidad latinoamericana: la relación asimétrica entre a periferia y las metrópolis, que dieron lugar a las teorías de la dependencia. En ese marco, Cortés también cuestiona que del “socialismo cosmopolita” puedan extraerse conclusiones políticas superadoras respecto de las lecturas que intentaron apoyarse en Mariátegui para pensar las relaciones entre el marxismo y los movimientos nacionales en la región.

Hasta aquí un resumen, seguramente apresurado, de las dos posiciones.

En este artículo, nos concentraremos en la discusión sobre Mariátegui, ya que hemos debatido nuestra posición política sobre la relación entre “populismo” e izquierda con el propio Cortés en un debate, en el que también hizo una contribución Marcelo Starcenbaum, a propósito del legado de José Aricó y la coyuntura del “frente anti-Macri” allá por 2018, entre otras ocasiones.

El internacionalismo de Mariátegui

En su conferencia sobre Internacionalismo y Nacionalismo del 2 de noviembre de 1923, dictada en la Universidad Popular González Prada e incluida póstumamente en Historia de la crisis mundial, Mariátegui presenta los fundamentos de una perspectiva internacionalista:

En varias de mis conferencias he explicado cómo se ha solidarizado, cómo se ha conectado, cómo se ha internacionalizado la vida de la humanidad. Más exactamente, la vida de la humanidad occidental. Entre todas las naciones incorporadas en la civilización europea, en la civilización occidental, se han establecido vínculos y lazos nuevos en la historia humana. El internacionalismo no es únicamente un ideal; es una realidad histórica. El internacionalismo existe como ideal porque es la realidad nueva, la realidad naciente. […] El capitalismo, dentro del régimen burgués, no produce para el mercado nacional; produce para el mercado internacional. Su necesidad de aumentar cada día más la producción lo lanza a la conquista de nuevos mercados. Su producto, su mercadería no reconoce fronteras; pugna por traspasar y por avasallar los confines políticos. La competencia, la concurrencia entre los industriales es internacional. Los industriales, además de los mercados, se disputan internacionalmente las materias primas. La industria de un país se abastece del carbón, del petróleo, del mineral de países diversos y lejanos. A consecuencia de este tejido internacional de intereses económicos, los grandes bancos de Europa y de Estados Unidos resultan entidades complejamente internacionales y cosmopolitas. Esos bancos invierten capitales en Australia, en la India, en la China, en el Transvaal. La circulación del capital, a través de los bancos, es una circulación internacional. [...] En virtud de estos hechos, los trabajadores han proclamado su solidaridad y su fraternidad por encima de las fronteras y por encima de las nacionalidades. Los trabajadores han visto que cuando libraban una batalla no era solo contra la clase capitalista de su país sino contra la clase capitalista del mundo. […] Es por esto, es por esta comprobación de un hecho histórico que desde hace más de medio siglo, desde que Marx y Engels fundaron la Primera Internacional, las clases trabajadoras del mundo tienden a crear asociaciones de solidaridad internacional que vinculen su acción y unifiquen su ideal.

El internacionalismo aparece en la argumentación de Mariátegui al mismo tiempo como una realidad, producto del desarrollo del capitalismo y como un ideal al que se aboca el movimiento de la clase trabajadora. En este contexto, identifica los que para él son los principales fenómenos político-sociales de la primera posguerra: la Revolución rusa y su onda expansiva, el fascismo y la crisis de la democracia [1].

Dinámicas regionales diferenciadas

Como señalamos antes, Martín Cortés reprocha a Omar Acha y Martín Bergel que el “socialismo cosmopolita” que “actúa como si el mundo fuera un espacio liso y sin estrías ni jerarquías culturales, como si fuera lo mismo escribir desde París que desde Lima”, implica una “contraposición entre universal o (cosmopolita) y nacional”. Por mi parte, creo que la definición es problemática según los alcances que se le pretenda dar. Porque la falta de estrías y jerarquías, como señala en Nacionalismo e Internacionalismo, tiene mucho más que ver con la difusión de las novedades culturales, que con el desconocimiento de desigualdades, ya que en su lectura de la realidad mundial la existencia del imperialismo juega un papel fundamental.

En este sentido, considero importante señalar que para Mariátegui hay, para usar sus palabras, una “vida mundial” que, por las razones que ya nombramos más arriba acerca del internacionalismo como una realidad, no puede comprenderse como una suma de situaciones nacionales separadas, cada una de ellas autosuficientes. En este marco, quizás sea más adecuado pensar la “vida mundial” no como algo que transcurre en un “espacio liso” pero sí en un espacio contemporáneo. De ahí que la idea de una “escena contemporánea” sea fundamental (además del título de uno de sus libros publicados en vida) para pensar el internacionalismo de Mariátegui. La escena contemporánea es mundial, contiene fenómenos que atraviesan todo el globo como parte de un cambio de época, y a la vez da lugar a combinaciones originales según los países o regiones.

Esto se puede ver en el reconocimiento por Mariátegui de diversas problemáticas que abarcan distintas regiones en cuanto al desarrollo de la revolución mundial. En Europa, Mariátegui considera que estamos en presencia, en los años de la primera posguerra, de la continuidad de la experiencia de la Revolución rusa, es decir, revoluciones proletarias y socialistas, aunque con mayores dificultades para triunfar (como se puede ver en sus análisis de las revoluciones alemana y húngara). En Asia, Mariátegui destaca el surgimiento de los movimientos de liberación nacional que, a tono con los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, son convergentes con la lucha de la clase trabajadora, pero no tienen como objetivo inmediato la conquista del poder por la clase obrera. Luego de la derrota de la revolución china 1925-28, Mariátegui señala con total claridad la bancarrota del nacionalismo burgués chino representado por el Kuomintang, y afirma que el proletariado es el auténtico heredero de Sun Yat Sen, pero parecería en principio no abandonar la idea de que las tareas principales de la revolución en China son de carácter nacional.

Internacional y nacional: la revolución socialista en América Latina

Ahora bien, estas reflexiones inciden en sus formulaciones sobre los problemas de la revolución en el Perú y América Latina, en las que Mariátegui asume, especialmente desde la delimitación con Haya de la Torre en 1928, una crítica contundente de los límites del “nacionalismo revolucionario” o el anti-imperialismo de la pequeño-burguesía, contra los que propone la idea de un “socialismo indoamericano” que parte de la afirmación de que la revolución en el Perú y América Latina será socialista. Pero las razones internacionales de este carácter de la revolución (básicamente la existencia de una economía mundial que en la fase imperialista del capitalismo impide a los países periféricos un desarrollo capitalista “normal”), se conjugan con una clara especificidad continental que es el avance de la acción y la organización clasista y una especificidad nacional para el caso del Perú: la existencia de tradiciones comunitarias indígenas, que son convergentes con la lucha socialista.

Con este repaso, sin duda muy elemental para quienes conocen en detalle estos debates, quiero señalar que Mariátegui es un marxista internacionalista que a su vez reconoce las especificidades nacionales y particularmente en el caso de la revolución en el Perú identifica una que resulta clave para justificar su carácter socialista, contra el intento de Haya de la Torre de constituir un “Kuomintang latinoamericano” como contra la posición de los partidos comunistas, que en la Conferencia de 1929 en Buenos Aires sostenían una revolución democrático-burguesa con “dictadura democrática de obreros y campesinos”.

Quisiera llamar la atención, de paso, sobre una cuestión muy interesante y a la vez paradójica. Mariátegui habló de revolución socialista en América Latina antes de que Trotsky generalizara su teoría de la revolución permanente. Recordemos que La revolución permanente, obra en la que Trotsky sistematiza su teoría, se publicó por primera vez en ruso en 1930, razón por la cual Mariátegui no llegó a conocerla. El comunismo oficial mantenía los esquemas de países “maduros” y no “maduros” para el socialismo y el trotskismo aún no había generalizado las conclusiones de las revoluciones rusa y china para construir una teoría general de la revolución contemporánea. En este contexto, Mariátegui planteó, por su propia cuenta y valiéndose de su lectura sobre los problemas internacionales y nacionales, una posición que implicaba una importante innovación respecto del desarrollo de la teoría y la estrategia marxista en América Latina y a nivel internacional.

No es casualidad, por esta razón, que uno de los primeros trotskistas argentinos, Antonio Gallo, tomara como referencia a Mariátegui en sus críticas a la política del PCA a mediados de los años ‘30, en textos como ¿Adónde va la Argentina? ¿Frente Popular o lucha por el Socialismo?. Recordemos que Gallo rechazaba la consigna de “liberación nacional”, en una interpretación unilateral de la teoría de la revolución permanente [2]. Pero lo interesante es que precisamente reivindica a Mariátegui por sostener el carácter socialista de la revolución contra las posiciones nacionalistas burguesas o de revolución por etapas, pero le reprocha la importancia que le asigna a las tareas anti-imperialistas de la revolución socialista. Aquí aparece, expresado en la mirada de un “anti-anti-imperialista”, la complejidad del pensamiento de Mariátegui, que buscaba ligar los dos problemas (cuestión internacional y nacional y revolución socialista y lucha anti-imperialista) y no contraponerlos [3].

Por otra parte, como ya hemos debatido en otras ocasiones, si la cuestión nacional no deja de tener un importante peso para la izquierda por la persistencia del imperialismo, las virtudes anti-imperialistas de lo que queda de los históricos “movimientos nacionales” se encuentran enormemente reducidas, por decirlo con mucha suavidad, por lo que la crítica mariateguiana de los “populismos” reviste una curiosa actualidad.

Ilustración: @flaviagregorutti
Ilustración: @flaviagregorutti

Antes de Gramsci: el problema de la nacionalidad peruana

En sus 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana, Mariátegui sale al cruce de los que lo llaman “europeizante”, diciendo que Sarmiento también lo fue y que no encontró mejor forma de ser argentino. Con esto intentaba formular nuevamente la cuestión que ya había planteado en sus conferencias de 1923: las ideas socialistas (provenientes) de Europa, encontraban base en la realidad del Perú. En los 7 Ensayos esta circunstancia se explica en profundidad, volviendo sobre la historia de su país y rescatando la comunidad campesino-indígena como un punto de apoyo para la lucha por el socialismo. Pero simultáneamente, Mariátegui ejerce la crítica de la conformación del Estado nacional y su política de segregación de los pueblos originarios.

En este contexto, Mariátegui señala que la nacionalidad peruana pasa por un “trabajo de definición no concluido” y pensando “el proceso de la literatura” marca que “El literato peruano no ha sabido casi nunca sentirse vinculado al pueblo”. Estas cuestiones, similares a las reflexiones de Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel pero escritas antes que las páginas del prisionero de Turi, marcan claramente un interés de Mariátegui por integrar la cuestión internacional con la nacional, por incluir las tareas nacionales como propias de la revolución socialista.

¿Y si cambiamos la pregunta?

El enfoque “socialista cosmopolita” tiene el mérito de señalar los puntos débiles de la lectura “nacional-popular” cuando esta se transforma en una combinación de particularismo y estrategia frentepopulista. De allí la imagen de un Mariátegui ventrilocuizado por Haya de la Torre que pone en discusión Omar Acha y que, comparto, debemos cuestionar. Pero al hacer hincapié sobre todo en un punto de vista genérico, en un élan más que en un examen teórico-político más específico, pierde de vista por un lado las peculiaridades del internacionalismo de Mariátegui y por otro su tentativa de integrar el problema nacional con el internacional. Por su parte, la lectura “nacional-popular”, señalando diversos aspectos destacables de Mariátegui respecto del problema nacional, ha estado asociada históricamente a una motivación política ajena a Mariátegui y explicitada por José Aricó en su introducción a Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano: el intento de releer a Mariátegui a través del tamiz del Frente Popular con la burguesía progresista o nacional, adoptado por la Comintern en su VII Congreso de 1935. Además del problema de inconsistencia cronológica, lo forzado de esta posición se puede constatar leyendo cualquiera de los trabajos relativos a la revolución en Perú y América Latina que fuimos introduciendo como referencias más arriba. En este sentido y ante el debate planteado, me propongo un juego de sumas y restas, seguramente condenado al fracaso: decir “de acuerdo” al “¡Sí por favor!” de Martín Cortés, sin asumir la hipoteca de las aristas “frentepopulistas” de la lectura de José Aricó.

Por eso sugiero que cambiemos la pregunta, del qué al cómo. Quizás Mariátegui no pueda ser definido exactamente como “socialista cosmopolita” ni como “nacional-popular” y combina las dos dimensiones desde su propia perspectiva, no exenta de tensiones [4]. Quizás el internacionalismo fue el mejor modo que encontró de ser un marxista peruano y a la inversa. Quizás tampoco haya que encontrarle ninguna fórmula en especial y en lugar de eso sea más conveniente preguntarnos –antes de definirlo o redefinirlo– cómo asumir la riqueza y ambivalencia de un legado complejo, incluso excepcional, de un pensador latinoamericano que por su obra merece ser considerado uno de los grandes marxistas del siglo XX.

NOTAS AL PIE

[1Sus análisis sobre el fascismo resultan muy llamativos, especialmente por la claridad con que Mariátegui captó, antes del gran proceso judicial contra el PCd’I, aquello de novedoso que traía el fascismo a la política italiana: la movilización contra-revolucionaria de la pequeño-burguesía y su voluntad de reconfigurar la forma del Estado, a la que hace referencia después del asesinato de Matteotti. Más o menos por la misma época, Amadeo Bordiga había informado en el V Congreso de la Internacional Comunista que el fascismo no había generado nada nuevo en la política burguesa italiana, salvo el establecimiento de una mayor disciplina.

[2Sobre las ideas de Gallo, recomendamos el trabajo de Alicia Rojo, Los orígenes del trotskismo argentino.

[3Lamentablemente, salvo algunas referencias ocasionales, la mayor parte de las corrientes trotskistas en América Latina no prestaron mayor atención al pensamiento de Mariátegui. En nuestro caso, hace ya dos décadas que venimos intentando poner en práctica un rescate crítico de sus elaboraciones teórico-políticas.

[4Ver, por ejemplo, su justificación coyuntural del “socialismo en un solo país” en El exilio de Trotsky.
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Juan Dal Maso

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(Bs. As., 1977) Integrante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 1997, es autor de los libros El marxismo de Gramsci (2016), traducido al portugués y al italiano, Hegemonía y lucha de clases (2018), traducido al inglés, y Althusser y Sacristán (2020), escrito junto con Ariel Petruccelli.
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