SUPLEMENTO

Gramsci: marxismo, modernidad y filosofía de la historia

Juan Dal Maso

GRAMSCI
Foto del mural dedicado a Gramsci de Jorit en Florencia

Gramsci: marxismo, modernidad y filosofía de la historia

Juan Dal Maso

L’Histoire et la question de la modernité chez Antonio GramsciLa historia y la cuestión de la modernidad en Antonio Gramsci– (340 pp.), de Yohann Douet, ha sido publicado en febrero de este año en París por Classiques GARNIER, con el apoyo de la Universidad París Nanterre.

Yohann Douet es Doctor en Filosofía y forma parte de la redacción de la revista Contretemps. Este libro es parte de una reflexión sobre la teoría de Gramsci (y los problemas del marxismo) que el autor viene llevando adelante desde hace varios años, tanto en ámbitos académicos como políticos.

El libro contiene un estudio y exposición de la concepción de la historia de Antonio Gramsci, la cual reconstruye sobre todo en base al tratamiento del problema en los Cuadernos de la cárcel, pero también apelando a sus cartas y a los escritos pre-carcelarios.

Ya desde la Introducción, el autor nos indica que tiene la intención de poner en discusión un conjunto de problemas que se puede agrupar en los siguientes puntos: ¿Cómo periodizar la historia? ¿Cómo definir la noción de época y pensar las características de una época? ¿Cómo pensar la modernidad? Estas cuestiones son abordadas a lo largo del libro, vinculadas con otras tres problemáticas fundamentales: ¿Cómo piensa Gramsci la historia, la teoría, la política y sus vinculaciones? Y más particularmente: ¿Cómo piensa los procesos históricos desde el Renacimiento hasta el período de entreguerras del Siglo XX?

Uniendo las consideraciones teóricas y los análisis de procesos históricos realizados por Gramsci, el libro contiene una reflexión sólida y bien fundamentada sobre las relaciones entre el marxismo, la modernidad y la crítica del capitalismo que, a través de Gramsci, nos permite volver a poner en discusión la concepción marxista sobre la historia y contrastarla con otras miradas sobre el tema, proponiendo una forma distinta de abordar la filosofía de la historia.

En busca de la historia: Gramsci como pensador dialéctico

Tomando distancia simultáneamente de las concepciones tradicionales de la filosofía de la historia, las críticas al historicismo vertidas por Louis Althusser y sus amigos en Para leer El Capital, y las derivas posmarxistas y posmodernas, Douet afirma:

Mientras que las filosofías dogmáticas de la historia implican una primacía de la lógica de la historia sobre la acción política, en la que esta última sigue el camino trazado por la primera, y las teorías de tipo posmoderno (como las de Laclau y Mouffe), por el contrario sacrifican la historia, reducida a una serie discontinua de acciones sociopolíticas singulares, para liberar la contingencia de la política, Gramsci defiende la indisociabilidad dialéctica de la historia y la política [1].

Aquí es muy importante prestar atención al término dialéctica, ya que una de las cuestiones más originales que tiene este libro es precisamente la explicitación del modo en que Gramsci procede en tanto pensador dialéctico, identificando y mostrando el modo en que opera con diversos conceptos para pensar la especificidad de la dialéctica en la historia.

Así es que en el primer capítulo, titulado “Filosofía de la praxis, sensibilidad a lo múltiple y dialéctica histórica”, Douet aborda lo que es la historia para Gramsci, tanto desde el punto de vista ontológico como epistemológico.

Desde el punto de vista ontológico, lo central pasa por la comprensión de la historia en términos de un “proceso complejo de transformación de las relaciones sociales por las actividades humanas que estas relaciones condicionan”. Para pensar la historia en estos términos, es necesario combinar “la atención a la singularidad de las situaciones históricas y el respeto de la apertura del proceso histórico” con “una visión dialéctica de ese proceso histórico” que persigue la superación de las contradicciones en una “totalidad reconciliada” (pero no teleológica en el mal sentido de “con resultados definidos de antemano”, agreguemos de paso) [2].

De allí que el pensamiento de Gramsci sobre la historia se caracterice por una inmanencia realista, que significa que toda realidad histórica debe ser vista como situada al interior del conjunto de relaciones sociales en las que los seres humanos reales viven y actúan. Esto implica a su vez que la teoría y la práctica constituyen una unidad y las concepciones teóricas e ideológicas forman parte de los procesos históricos [3].

Aquí Douet rescata la noción de contradicción real, utilizada por Gramsci en C11 §62 de manera explícita, pero que tiene alusiones a través de expresiones similares en múltiples pasajes, cuando señala que la religión es “la tentativa más grandiosa de conciliar de forma mitológica las contradicciones reales de la vida histórica”. Retomando la idea de Gramsci sobre el carácter contradictorio de las relaciones sociales, Douet señala (en oposición a planteos como los que realizaron Della Volpe y Colletti en los años ’60 contra el uso del término “contradicción” y a favor del kantiano “oposición real”), que esta noción de contradicción real y la idea de las relaciones sociales intrínsecamente contradictorias no comporta ni la transpolación de una categoría lógica al análisis social ni la reivindicación de la incongruencia (propia de ciertas vulgarizaciones de la dialéctica).

La combinación que hace Gramsci entre la atención a la multiplicidad y singularidad de los procesos históricos y el proyecto de una superación de las contradicciones que vaya en un sentido unitario, ha sido marcada desde ciertas lecturas como la expresión de un dualismo en el pensamiento gramsciano. Douet sale al cruce de estas posiciones. Unos acusan a Gramsci de ser anti-economicista por un lado y “esencialista” por el otro. Laclau y Mouffe, por ejemplo, reivindican la contingencia y apertura del proceso histórico, pero afirman que la centralidad de la clase trabajadora impone una clausura respecto de las múltiples posibilidades de la historia y la política. Pero para Gramsci, este tipo de acusación no tendrían sentido por diversas razones. La principal es que su mirada de la multiplicidad y la singularidad de los procesos se complementa con la generalización teórica que busca (a través de las ideas de traducibilidad y hegemonía) lo que tienen en común los procesos singulares de la lucha de clases, con mediaciones como “bloque histórico”, hegemonía o “Estado integral” (a las que luego volveremos) y que están relacionadas con su concepción de la praxis.

El segundo capítulo del libro, titulado “El ’historicismo realista’ de Gramsci y las diferencias históricas” avanza sobre la cuestión que deja planteada el capítulo anterior a través de la tensión entre multiplicidad y totalidad, buscando delimitar cómo es el abordaje de Gramsci acerca de las épocas históricas y sus relaciones.

Aquí destaca diversos aspectos de la teoría gramsciana que permiten realizar una lectura de cada época histórica y su sucesión en términos distintos a los del idealismo o el marxismo vulgar:

Su atención a las rupturas históricas decisivas no lo conduce, sin embargo, a ver el proceso histórico como una sucesión de épocas homogéneas. Veremos que Gramsci, escapando a las críticas de los althusserianos contra la "problemática historicista", se esfuerza constantemente por pensar la complejidad histórica. Esto se refleja de varias maneras: forja un método de análisis de cada situación en su singularidad, distinguiendo los distintos niveles de relaciones de poder; concibe la sucesión concreta de los acontecimientos sin encerrarla en un esquema teórico predefinido; pluraliza las temporalidades y los ritmos históricos; y ofrece elementos de epistemología (abstracción determinada, analogía histórica, especificidad epistemológica del presente) gracias a los cuales puede afirmar la unidad entre teoría y realidad histórica sin reducir la primera a una mera expresión de la segunda [4].

De allí que Douet defina, apoyándose en una expresión de Biagio De Giovanni sobre el carácter de la historia en Gramsci, al historicismo gramsciano como un historicismo realista, “no continuista”, “estructurado” y “vertebrado”.

Continúa la exposición con una serie de reflexiones sobre cómo comprender las leyes históricas y económicas en relación con los eventos políticos y de la lucha de clases, en la que tiene importancia la lectura de Gramsci de la relación Ricardo-Marx a través de la categoría del “mercado determinado” (un mercado que no solo depende de sus propias leyes económicas sino de las determinaciones políticas y sociales), la relación entre la teoría y la práctica como interdependientes y su ligazón con la historia, a través de la propia historicidad de las teorías.

En este contexto, Douet rescata dos cuestiones relacionadas: el criterio general de Gramsci para pensar qué eventos o procesos hacen época y cómo la aparición de ciertas ideas puede jugar el rol de un evento o proceso de este tipo, por ejemplo, el surgimiento y consolidación de la idea de progreso, que Gramsci analiza crítica y contextualizadamente:

Gramsci se pregunta, en relación con varios fenómenos históricos, sobre su capacidad de hacer época, es decir, de marcar el advenimiento de una novedad histórica radical. Considera que la aparición de la idea de progreso -que nace y se difunde en relación con el dominio de la naturaleza que posibilitan los grandes descubrimientos científicos- "representa un acontecimiento cultural fundamental, que hace época (tale da fare epoca)"; de hecho, parece considerar que así es, en la medida en que esta idea es a la vez el signo y uno de los elementos constitutivos de la entrada en la era moderna [5].

Douet destaca cómo a través de pares conceptuales como hacer época y durar, orgánico y ocasional, gran y pequeña política, ser y deber ser, Gramsci va pensando los problemas de la historia y la política, en las mutuas determinaciones entre estas y en las relaciones concretas que van estableciendo en cada evento o proceso las realidades descritas con esas categorías, en las que también se articulan componentes objetivos y subjetivos. En el mismo sentido, las reflexiones gramscianas sobre las polémicas entre Tilgher y Croce sobre “historia y anti-historia”. Para Gramsci, lo “irracional” es parte de la historia y no se puede pensar la historia como evolución gradual, que es como Croce la presente al comenzar su historia de Europa sin tomar en cuenta la revolución francesa ni las guerras napoleónicas.

Todas estas problemáticas se reúnen en la reflexión gramsciana sobre “análisis de situaciones y relaciones de fuerzas” que contiene una reelaboración de los temas clásicos de estructura y superestructura, yendo más allá de la lectura dicotómica de ambos términos y dando lugar a una lectura mucho más totalizadora en la que los tres momentos de las relaciones de fuerzas (social, político y militar, que a su vez tienen sus propias subdivisiones), se presentan en originales combinaciones que constituyen los procesos históricos aunque con una tendencia que en general se puede reconocer como el pasaje del primer al tercer momento, con la mediación del segundo.

De todas maneras, no se puede desconocer que Gramsci trabaja pensando niveles que suelen estar en tensión. Douet señala precisamente dos tensiones fundamentales: entre la unidad de las épocas históricas y la heterogeneidad al interior de cada una y entre la generalidad de los conceptos teóricos y las singularidades de cada situación. Aquí retoma los aspectos señalados al comienzo del capítulo sobre la cuestión de la abstracción determinada (que significa que, para evitar caer en una nueva forma de nominalismo, la dialéctica necesita realizar generalizaciones teóricas sujetas a las determinaciones históricas concretas), el uso de la analogía (que permite pensar los elementos de afinidad y diferencia entre experiencias del pasado y del presente o contemporáneas pero de configuración diversa) y el privilegio epistemológico del presente, que aparece como el mejor punto de vista para conocer el pasado.

La hegemonía burguesa y sus contradicciones

El tercer capítulo, titulado “Hegemonía burguesa, entre revoluciones y crisis”, avanza en el análisis por Gramsci de la historia de la revolución francesa y el siglo XIX europeos, para comprender luego el devenir de la sociedad capitalista y la modernidad.

Destaca Douet la importancia del concepto de hegemonía en la reflexión gramsciana (especialmente la de los Cuadernos de la cárcel) y señala que Gramsci lo utiliza en un sentido más amplio (en el cual la hegemonía incluye la dominación) y otro más estricto en el que la hegemonía es una noción contrapuesta a la de dominación. En esta segunda acepción, cabe señalar que históricamente los fenómenos se presentan de manera más híbrida y no de modo totalmente alineado con las distinciones conceptuales entre dominación-coerción y hegemonía-consenso.

El ejemplo por antonomasia de la hegemonía serían los jacobinos, que lograron movilizar al pueblo ampliando el programa de la revolución, más allá del interés económico particular e inmediato de la burguesía. El régimen parlamentario continúa del jacobinismo la incorporación de las masas a la política, pero -al contrario del jacobinismo- sobre la base de la desmovilización, política que continúa en las “revoluciones pasivas” de la segunda mitad del siglo XIX. Estas “revoluciones pasivas” constituyen Estados modernos pero evitando la revolución o reforma agraria y más en general la irrupción de las masas populares en la vida política nacional. De allí que si bien se puede considerar que constituyan un “progreso” en relación con el estado anterior de las formaciones económico-sociales y estatales en las que tienen lugar, su carácter es de “revolución-restauración”. El ejemplo central de ese tipo de proceso es para Gramsci el Risorgimento (unificación italiana), pero luego extiende el uso de la categoría (a modo de hipótesis) para el fordismo y el fascismo.

Las revoluciones pasivas implican un cambio en las formas de la hegemonía burguesa, más acorde a una fase “represiva” que expansiva, pero efectiva desde el punto de vista de estabilizar el dominio burgués.

Señala Douet, que este proceso de las revoluciones pasivas se relaciona a su vez con la constitución de la forma moderna del Estado burgués como “Estado integral” (dictadura + hegemonía, según la célebre fórmula de Gramsci) y con el análisis de la historia europea del siglo XIX en términos de traducibilidad de los lenguajes. Tomando el análisis que Gramsci retoma de Marx sobre la vinculación entre política revolucionaria francesa e idealismo alemán, la filosofía clásica alemana no sería tanto la expresión del atraso alemán, como la reelaboración en otras condiciones de los cambios introducidos por la Revolución francesa, siendo la solución hegeliana correlativa con la reconducción de la lucha de clases bajo la órbita del Estado liberal.

La crisis del sistema parlamentario que se verifica con la guerra mundial, la Revolución rusa y el ascenso del fascismo, plantea el problema de la reelaboración de las formas de la hegemonía burguesa, estatizando lo más posible la sociedad civil y dando al concepto de “Estado integral” su sentido más pleno. De allí que la reflexión político-estratégica tendiente a establecer una hegemonía proletaria por oposición a la hegemonía burguesa implique el problema de la autonomía de la clase trabajadora y los sectores subalternos como cuestión fundamental.

La cuestión de la revolución pasiva se relaciona directamente con los problemas tratados en los capítulos anteriores. En la medida en que continúan la onda expansiva de 1789, las revoluciones pasivas constituyen un “progreso”, pero este “progreso” profundiza las contradicciones de la sociedad capitalista no solo desde la óptica de la contraposición entre capital y trabajo sino también y sobre todo desde el punto de vista de la oposición de la burguesía respecto del pueblo en general (vía la oposición a la revolución agraria). La composición de intereses entre la burguesía industrial y los propietarios agrarios (incumpliendo las tareas históricas atribuidas a la “revolución democrático-burguesa”) muestra el carácter contradictorio, relativo e híbrido del proceso histórico, reflexión en la cual la noción de crisis tiene una centralidad clave.

Pasado y presente en la constitución de la modernidad europea

El cuarto capítulo, titulado “La génesis de la modernidad europea” avanza sobre la reflexión gramsciana acerca de los componentes que constituyen la época moderna en Europa. Aclara Douet que Gramsci utiliza el término “moderno” en sentido amplio o ambivalente, como caracterización de la época así como en un sentido más inmediato como “contemporáneo”. La reflexión gramsciana se remonta al año 1000, con el surgimiento de las comunas medievales italianas, de las que luego surgirán la primera versión del capitalismo comercial, desarrollo precoz que luego no tiene continuidad. Aquí se destaca una conceptualización de Gramsci que sirve para pensar otras situaciones históricas, que es la de la fase económico-corporativa del Estado, la detención en el momento de modificación de la estructura económica sin la elaboración de una superestructura acorde, especialmente una nueva cultura. En este contexto, Gramsci distingue entre una versión progresiva (año 1000) y otra reaccionaria del Renacimiento, dado que el humanismo sostiene una cultura de élite vuelta hacia el pasado. En una Europa marcada, especialmente en Italia y Alemania, por los efectos de la primacía de la Iglesia Medieval, el período de las monarquías absolutas, constituye una transición fundamental hacia la centralización y laicización de la política contra los marcos del mundo medieval. La Reforma protestante aparece, en este marco, como más progresiva y popular que el Renacimiento y como proceso fundamental en la constitución de una nueva forma de pensar, que tiene su continuidad, con otras características, en la filosofía de la Ilustración en Francia (donde los protestantes fueron reprimidos a sangre y fuego y la “reforma moral e intelectual" tuvo otras características). El paradigma científico, la idea de progreso y la laicización de la política son las conquistas que permiten el advenimiento de la modernidad en el plano ideológico, pero el proceso no es lineal: la Contrarreforma primero y la persistencia de la Iglesia Católica en pleno siglo XX demuestran que la modernidad no es homogénea ni se puede pensar su historia de una manera teleológica.

Americanismo, fascismo y socialismo real

El capítulo quinto, “Alternativas históricas del período contemporáneo”, aborda los análisis de Gramsci sobre el americanismo, el fascismo y la URSS. El marco conceptual descrito en los capítulos anteriores se reactualiza en la reflexión de Gramsci sobre estos procesos, que combinan “progreso” y “reacción” en diversos aspectos y en proporciones radicalmente diferentes. El fordismo-americanismo implica un progreso en relación a la organización de la producción, pero se impone mediante métodos coercitivos (política anti-sindical y racionalización de las costumbres). Gramsci se pregunta sobre los alcances de este fenómeno, pensando si puede constituir una “revolución pasiva”, con lo cual podría dar una mayor sobrevida al capitalismo o implica una acumulación de contradicciones que puede desembocar en un proceso revolucionario. Pero sobre todo, para Douet es importante destacar que Gramsci presenta el americanismo-fordismo de manera positiva por contraste con la situación italiana, más que para exaltar su progresividad en sí misma [6].

En el caso del fascismo, sobre el que Gramsci se plantea la pregunta de si puede constituir una revolución pasiva, el rol modernizador de la estructura económica a través de la intervención estatal, en sustitución de una burguesía capaz de llevar adelante esos cambios por sí misma, parece claro (creación de diversos institutos que intervienen en la industria y la banca) pero manteniendo sin resolución la “cuestión meridional” e impidiendo la autonomía de las clases subalternas.

Douet utiliza las categorías de subsunción formal y subsunción real para distinguir el “Estado integral liberal” del “Estado integral totalitario” (volveremos sobre este tema en las conclusiones). En relación con las innovaciones en las formas estatales que implica el Estado fascista, destaca las categorías de corporativismo (organización obrero patronal que pretende superar simultáneamente el parlamentarismo burgués y el sindicalismo obrero) y parlamentarismo negro (la forma que asumen los conflictos de intereses en regímenes políticos que han abolido el parlamentarismo legal, aunque también pueden presentarse casos de parlamentarismo negro en regímenes parlamentarios en los que el parlamento es desplazado por formas bonapartistas o cesaristas sin abolirse).

Douet destaca que considerar los aspectos modernizantes del fascismo no implica darle un rol históricamente “progresista” en el sentido de “hacer época”, aunque el relativo crecimiento de las fuerzas productivas sumado a la generalización del “sindicalismo estatal” si bien son elementos reaccionarios que permiten la reproducción del régimen fascista, a su vez podrían ser puntos de apoyo para el desarrollo de una política revolucionaria, ya que la regimentación desde arriba del movimiento social va acompañada de un proceso de organización que tiende a unificar las condiciones de lucha política.

En relación con este carácter complejo del fenómeno fascista, la distinción entre las revoluciones pasivas del siglo XIX y las del siglo XX resulta fundamental, al mismo tiempo que permite delimitar los criterios con los cuales Gramsci define un proceso como progresivo:

A partir del estudio de la concepción de Gramsci sobre el americanismo y el fascismo, podemos identificar los criterios de progreso que implícitamente moviliza. Son tres: el crecimiento de las fuerzas productivas (modernización y racionalización económica); la actividad autónoma y la emancipación de las masas subalternas, por tanto el aumento de su poder social; y la capacidad de hacer época, es decir, de establecer un bloque histórico radicalmente nuevo que supere las contradicciones anteriores. Estos tres criterios están parcialmente relacionados. La racionalización económica puede ser una condición para la actividad de las masas subalternas, que presupone un cierto nivel de desarrollo intelectual, de organización y de unificación, a escala nacional. A la inversa, el análisis del americanismo de Gramsci demuestra que se adhiere a la tesis marxista de que el desarrollo de las fuerzas productivas sólo se liberará verdaderamente en una sociedad socialista, en la medida en que requiera una auténtica planificación; ésta sería, obviamente, un nuevo bloque histórico. Sin embargo, estos tres criterios siguen siendo distintos y están en tensión entre sí. Se puede observar, al menos a corto plazo, un progreso económico sin autonomía para los subalternos, como bajo el americanismo y, en menor medida, el fascismo. Del mismo modo, hemos visto que, para Gramsci, las revoluciones pasivas del siglo XIX, aunque por definición despojaban en gran medida a los subalternos de su capacidad de iniciativa sociopolítica, eran progresistas en el tercer sentido, en el sentido de que correspondían a una nueva estructura de clases, algo que no puede decirse que hagan sus análogos del siglo XX. Sólo las revoluciones activas son progresivas en los tres sentidos del término [7].

En relación con la URSS, Douet rescata diversos aspectos de sus análisis, sobre todo la cuestión la consideración de que en épocas del Plan Quinquenal –si bien implicaba un progreso económico– la Unión Soviética estaba pasando por una fase económico-corporativa, de modificación de la estructura económica. Si bien muchas de las reflexiones de Gramsci sobre la cuestión de la “estadolatría”, el problema del autogobierno de las clases subalternas y la reabsorción del Estado en la sociedad civil implican una posición alternativa a la del estalinismo, Douet señala que sería forzado presentar estas cuestiones como una crítica explícita y sistemática, recordando además que si bien desde antes de su encarcelamiento ya Gramsci había visto los problemas de métodos burocráticos en relación al manejo de las diferencias con la Oposición Conjunta, consideraba posible su superación por la vía de una desarrollo político-cultural autónomo de la clase trabajadora y sectores subalternos que estuviera a la altura de las modificaciones económicas. De este modo, se podría avanzar en reducir la coerción estatal progresivamente hasta llegar a la “sociedad regulada” (comunismo). Aquí también señala el autor que Gramsci intenta combinar una perspectiva internacionalista con un énfasis relativo en la cuestión nacional, a través de la figura del “nuevo cosmopolitismo”.

En las conclusiones del libro, señala el autor que todos estos elementos permiten pensar que Gramsci construye una “filosofía democrática de la historia” mediante la que -lejos de las filosofías de la historia tradicionales o las variantes posmodernas y posmarxistas- la historia se vincula estrechamente con la política, entendida esta como el proceso de activación, autonomía y construcción de la hegemonía de la clase trabajadora y los sectores subalternos.

A modo de conclusión

L’Histoire et la question de la modernité chez Antonio Gramsci constituye un detallado análisis de las concepciones de Gramsci sobre la historia, en el marco de una exposición más general de sus ideas principales. El libro por momentos adquiere un tono excesivamente académico que podría haberse evitado desarrollando más los pensamientos del autor, en muchos aspectos muy sugerentes.

La exposición de cómo Gramsci utiliza la dialéctica es muy destacable ya que –a diferencia de las lecturas más elementales que sostienen la identificación por Gramsci de voluntad e historia, u otras que se limitan a la relación sujeto-objeto– Douet logra mostrar los distintos aspectos conceptuales que hacen a la dialéctica concretamente utilizada por Gramsci, contribuyendo de este modo a una mejor comprensión de la problemática de la dialéctica en el marxismo, caracterizada por múltiples lecturas, incluso contrapuestas.

Una cuestión que queda para el debate tiene que ver con la interpretación de la temática del Estado integral. Desde mi punto de vista, la definición general del Estado como integral y por ende la atribución de esa categoría al Estado liberal, es problemática. Si bien es cierto que en Gramsci coexisten la definición general y el uso histórico-concreto de la categoría y no hay pasajes en los que Gramsci limite esta definición a las formas bonapartistas, cesaristas y corporativas del Estado en el período de entreguerras, considero que sería más preciso distinguir entre el concepto en general (dictadura + hegemonía) y las formas que esta relación asume con la estatización sindical y el avance del Estado sobre la sociedad civil a partir del período de entreguerras. Desde esta óptica, el Estado liberal combina dictadura + hegemonía, pero no sería “integral” en el sentido contemporáneo del término. Incluso tomando la propia reflexión de Douet sobre la relación entre Estado liberal y totalitario y subsunción formal y real, parecería más adecuada esta forma de plantear el problema.

Otro de los temas que merecería quizás más desarrollo o precisiones, sobre el cual la lectura de este libro me hizo pensar –por el señalamiento de la primacía epistemológica del presente– es la utilización que hace Gramsci del concepto de “forma actual”. Este concepto está ligado tanto a la relación pasado/presente como al problema de la relación entre política e historia. Gramsci lo utiliza para sintetizar cómo los cambios políticos determinan las formas del proceso histórico y viceversa y en qué medida hay continuidad y ruptura entre el presente y el pasado, por ejemplo cuando piensa la hegemonía como “forma actual” de la revolución permanente.

Estas cuestiones no necesariamente se contraponen con el enfoque de este libro, sino que podrían desprenderse de los mismos problemas abordados por el autor.

Por último, siguiendo la propia temática de la vinculación entre internacionalismo y política nacional, se puede destacar de este trabajo su vocación de intervenir en el debate gramsciano en Francia (que tiene sus propias características, por ejemplo el peso otorgado en distintos estudios, incluido este, a la categoría de bloque histórico) al mismo tiempo que intentar actualizarlo volcando las conclusiones de los estudios filológicos recientes de Italia y el marxismo angloparlante.

En resumen, un trabajo muy significativo, que vale la pena leer y discutir.


NOTAS AL PIE

[1Douet, Yohann, L’Histoire et la question de la modernité chez Antonio Gramsci, París, Classiques GARNIER, p. 27.

[2Ibídem, P. 40.

[3Ibídem, p. 55/56.

[4Ibídem, pp. 85/86.

[5Ibídem, p. 97.

[6Ibídem, p. 263.

[7Ibídem, pp. 281/282.
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Juan Dal Maso

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(Bs. As., 1977) Integrante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 1997, es autor de los libros El marxismo de Gramsci (2016), traducido al portugués y al italiano, Hegemonía y lucha de clases (2018), traducido al inglés, y Althusser y Sacristán (2020), escrito junto con Ariel Petruccelli.
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